Friday, November 10, 2006

"La Mujer del Alarife"

El puente de San Martín, que antaño servía de acceso a una de las puertas de entrada a la muralla toledana, fue levantado en el siglo XIII en sustitución de otro que hubo más abajo, cuyos restos son aún visibles y que fue destruido por una gran crecida del Tajo (se encuentra en el paraje conocido como La Cava, lugar de otra conocida leyenda toledana)La construcción, que tuvo que ser restaurada con frecuencia en siglos posteriores, está catalogada como un buen ejemplo de arquitectura militar de la época. Se llega a ella desde la zona conocida como "la Coracha", un término militar de la Edad Media procedente del árabe (como tantas otros lugares de Toledo) con el que se denominaba el espolón de muralla o cortina amurallada que, saliendo de la misma, por lo general de una zona avanzada partía en terreno en dos hasta llegar a un río o precipicio de manera que impedía el sitio total de una ciudad y permitir a los sitiados llegar a una fuente de agua.
Cuenta este puente con robustas torres, así como airosos arcos que salvan el cauce. Sobre la clave central de uno de ellos, en un hueco tapado por la vegetación que ha ido creciendo espontáneamente en los resquicios de las piedras, se encuentra una hornacina que guarda la talla de una mujer, protagonista de una hermosa leyenda.Habían pasado más de treinta años desde que el puente quedara muy dañado durante las contiendas entre Pedro el Cruel y Enrique de Trastámara, cuando el arzobispo Tenorio decidió acometer una ambiciosa reforma de la obra y mandó llamar al mejor arquitecto de la época, que al poco tiempo llegó a la ciudad y comenzó su tarea con verdadera pasión.
El ahínco de los obreros y el apoyo de los toledanos, deseosos de ver concluida la edificación, hizo que llegara el día en que ésta tocaba a su fin. Pero la tarde anterior a la fecha en la que debían quitarse los andamiajes que sujetaban la obra, el arquitecto se mostraba muy preocupado y, al llegar la noche, salió de su casa sin querer dar ninguna explicación a pesar de las preguntas de su esposa.Cuando regresó estaba pálido como un muerto y se encerró en su estudio llorando desconsoladoramente.
Ante la insistencia de su mujer, por fin accedió a explicar que había cometido un gravísimo error de cálculo, y que en el momento que se quitaran los andamios para inaugurar el puente, éste se vendría abajo con todos los que estuvieran sobre él. Tampoco era capaz de acudir al arzobispo a contarle lo que había sucedido porque la noticia correría por todo el reino y jamás volvería a encontrar trabajo. Tras su confesión, continuó llorando amargamente y la mujer estuvo un rato pensativa hasta que, con gran resolución y viendo todo su futuro y el de su familia en entredicho, cogió una tea y salió de la casa.Era una noche tormentosa y, ocultándose de trecho en trecho, la esposa del arquitecto logró llegar al puente y, temblando de miedo, prendió la tea y la lanzó sobre los maderajes que servían como armazón.
Al principio parecía que la lluvia iba a apagar el fuego, pero por fin éste se extendió y la mujer volvió a su casa dejando a sus espaldas los andamios envueltos en llamas.Un rato después, los toledanos pudieron escuchar un gran estruendo que al principio atribuyeron a la tormenta. Pero al día siguiente vieron con gran desengaño que todas las maderas se habían quemado y el puente se había derrumbado sobre el río. Naturalmente, pensaron que la culpa había sido de algún rayo y, de inmediato, el arzobispo encomendó al arquitecto que iniciarán de nuevo las obras, que se concluyeron con cálculos perfectos.
Tras la inauguración, la mujer del arquitecto, que no tenía la conciencia muy tranquila, pidió audiencia al arzobispo y le contó lo que había sucedido. El prelado, sorprendido por el valor y la nobleza que había demostrado intentando salvar a su esposo, no sólo guardó el secreto, sino que rindió su homenaje personal a la mujer mandando colocar la talla que aún permanece en el puente y que todos los visitantes pueden observar hoy en día.

Wednesday, January 11, 2006

La Casa de las Cadenas, actual "Museo del Arte Contemporáneo"


Cuenta la leyenda que en sus sótanos vivía un forjador judío. Un maestro en trabajar el hierro. Su arte era tal, que las mejores espadas, las mejores rejas y los mejores trabajos salían de su fragua.
Pero lo que más le gustaba, en lo que este judío ponía mas empeño era en forjar grandes cadenas.
Cadenas que servían para apresar a los cautivos de las guerras.
Desde primeras horas de la mañana y hasta bien entrada la oscuridad en Toledo, día tras día y sin parar, el sonido que se escuchaba en la calle de Las Bulas no era otro que el martillo del judío golpeando el yunque... forjando cadenas.
Cuando el martillo se detenía, el silencio de la noche se volvía a romper al acercarse los carruajes por la Plaza de Valdecaleros hacia esta casa, donde se cargaban las pesadas cadenas, que según dicen, eran transportadas hacia Granada.


¿Quién sabe si las que penden de San Juan de Los Reyes,usadas durante un tiempo por esclavos,fueronlas forjadas por este hombre?

Tuesday, September 20, 2005

Esta es otra de la larga lista de leyendas que posee la ciudad que tanto amo.

EL CRISTO DE LAS AGUAS

Allá por la segunda mitad del S XVI, en un día normal en el que los pescadores a las orillas del Tajo, trabajaban llenando sus redes, para de esa forma luego poder venderlos en la ciudad. Estando pescando junto a la presa que existía cerca del puente de Alcántara y que encauzaba la corriente hacia los molinos del artilugio de Juanelo, vieron que se deslizaba por encima del agua flotando una gran caja de madera de tosca apariencia. La gran curiosidad que los inundó en poco tiempo y las ganas de encontrar algún tipo de objeto de valor los llevó a querer atraer hacia ellos la caja, pero sorprendiendo a


todos comprobaron que la caja cuando ellos se acercaban, esta se alejaba mas haciendo vanos sus intentos de sacarla del agua, como si estuviera dirigida por alguien, la caja cuando se acercaban a ella se pasaba inmediatamente a la otra orilla.

Pronto corrió la voz por la ciudad del extraño suceso, ya que algunos de los azacanes que buscaban agua en el rió, se encargaron de ir contando el extraño suceso a todo el mundo con los que se cruzaban. De esta forma tanto como para comprobar la veracidad de lo contado, otros para burlarse de los que creían medio locos y todos por curiosidad bajaron al rió juntándose en dicho punto una multitud de toledanos.
Cuando las noticias llegaron a las autoridades para disuadir el tumulto se acercaron con los alguaciles, corroborando el milagroso hecho. De esta forma se mando avisar a las autoridades religiosas, quienes rápidamente acudieron al margen del rió precedidas de una cruz con todas las cofradías y hermandades de Toledo detrás, cada una con sus insignias, pendones y estandartes.


Como era costumbre en nombre de Dios procedieron a interrogar a la caja, preguntándole “que quería y a que venía”. Cada congregación fue haciendo la pregunta, pero ninguna obtenía respuesta hasta que llegó el turno a la cofradía de la Vera Cruz , que cuando realizó la pregunta por el Hermano Mayor, la caja se acercó a la orilla donde estaba situado este, en ese momento varios alguaciles entraron al agua para sacarla y se volvió a alejar, en cuanto se alejaron la caja se situó de nuevo en la orilla del Tajo, de esta forma dos cofrades de Vera Cruz sacaron la misteriosa caja del agua, dos padres Carmelitas la abrieron y encontraron en su interior un crucifijo con un rotulo, alzo el crucifijo para que todos lo vieran mientras que leía el rotulo “ Voy destinado para la Santa Vera Cruz de Toledo”.


Un gran alboroto se apoderó de todos los presentes, quienes improvisaron una solemne procesión con todas las cofradías y sus símbolos delante y la última la de Vera Cruz con su nueva imagen seguidas de las autoridades civiles, mientras todos entonaban cánticos de honor a Dios y a su Hijo representado en aquella imagen sacada de las aguas de Tajo, dirigiéndose a la iglesia del Convento del Carmen calzado donde se colocó el crucifijo en un altar. Llamándolo por los toledanos

“EL CRISTO DE LAS AGUAS"

Friday, September 16, 2005

Escudriñando entre datos de una ciudad, encontré una leyenda cuyo contenido me pareció interesante. La ciudad, Toledo. El relato da nombre a un pequeño arroyo que se secó hace ya tiempo, de un rincón del valle que rodea esta ciudad.

EL ARROYO DE LA DEGOLLADA

Cuenta la leyenda que, recién conquistada la ciudad de Toledo, por Alfonso VI en 1085, se dio lugar el suceso que dio nombre al arroyo.
Las tropas cristianas habían tomado la ciudad, y sus oscuras y retorcidas calles eran un constante ir y venir de jinetes que a modo de patrulla vigilaban cada casa, ventana, azotea, rincón; con el fin de evitar cualquier rebelión de los vencidos musulmanes. Un caballero cristiano, Rodrigo de Lara, se enamoró de una joven musulmana, la cual se llamaba Zahira. Poco a poco se enamoraron. Ella se planteó convertirse al cristianismo para poder casarse con él. Su familia no le perdonaría su conversión y la voluntad cruel de su padre la podrían llevar a la muerte. Por ello planearon una huída de la ciudad hacia el castillo más próximo donde les esperaba un sacerdote que, tras bautizarla uniría a los jóvenes en santo matrimonio. En el camino romano fueron sorprendidos por dos rufianes árabes, dedicados al acecho de los viandantes, que creyendo que la bella musulmana era cautiva entraron en encarnizada lucha con Rodrigo, que precipitándose por los peñascales del arroyo intento huir de sus perseguidores. uno de ellos alcanzó con su afilado sable el cuello de la doncella, que cayó moribunda a los pies del caballo. El joven cristiano arremetió contra sus agresores y tras matar a uno de ellos, el segundo huyó.
Rodrigo miró a su amada. Su sangre se vertía sobre el pequeño arroyo y al ver que aún vivía, le vertió agua sobre su cabeza quedando así bautizada. Desconsolado gritó pidiendo socorro a la guardia que se apostaba en la Torre del Fierro, situada en la orilla opuesta del Tajo, que llegaron en una barca en la que trasladaron el cadáver. Al día siguiente, después de la misa, se le dio cristiana sepultura.
Rodrigo de Lara recibía los santos hábitos en el monasterio cluniacense de San Servando, el cual todos los días al atardecer, con el permiso de sus superiores, iba a orar al mismo lugar donde aconteció la desgracia.