Escudriñando entre datos de una ciudad, encontré una leyenda cuyo contenido me pareció interesante. La ciudad, Toledo. El relato da nombre a un pequeño arroyo que se secó hace ya tiempo, de un rincón del valle que rodea esta ciudad.
EL ARROYO DE LA DEGOLLADA
Cuenta la leyenda que, recién conquistada la ciudad de Toledo, por Alfonso VI en 1085, se dio lugar el suceso que dio nombre al arroyo.
Las tropas cristianas habían tomado la ciudad, y sus oscuras y retorcidas calles eran un constante ir y venir de jinetes que a modo de patrulla vigilaban cada casa, ventana, azotea, rincón; con el fin de evitar cualquier rebelión de los vencidos musulmanes. Un caballero cristiano, Rodrigo de Lara, se enamoró de una joven musulmana, la cual se llamaba Zahira. Poco a poco se enamoraron. Ella se planteó convertirse al cristianismo para poder casarse con él. Su familia no le perdonaría su conversión y la voluntad cruel de su padre la podrían llevar a la muerte. Por ello planearon una huída de la ciudad hacia el castillo más próximo donde les esperaba un sacerdote que, tras bautizarla uniría a los jóvenes en santo matrimonio. En el camino romano fueron sorprendidos por dos rufianes árabes, dedicados al acecho de los viandantes, que creyendo que la bella musulmana era cautiva entraron en encarnizada lucha con Rodrigo, que precipitándose por los peñascales del arroyo intento huir de sus perseguidores. uno de ellos alcanzó con su afilado sable el cuello de la doncella, que cayó moribunda a los pies del caballo. El joven cristiano arremetió contra sus agresores y tras matar a uno de ellos, el segundo huyó.
Rodrigo miró a su amada. Su sangre se vertía sobre el pequeño arroyo y al ver que aún vivía, le vertió agua sobre su cabeza quedando así bautizada. Desconsolado gritó pidiendo socorro a la guardia que se apostaba en la Torre del Fierro, situada en la orilla opuesta del Tajo, que llegaron en una barca en la que trasladaron el cadáver. Al día siguiente, después de la misa, se le dio cristiana sepultura.
Rodrigo de Lara recibía los santos hábitos en el monasterio cluniacense de San Servando, el cual todos los días al atardecer, con el permiso de sus superiores, iba a orar al mismo lugar donde aconteció la desgracia.
EL ARROYO DE LA DEGOLLADA
Cuenta la leyenda que, recién conquistada la ciudad de Toledo, por Alfonso VI en 1085, se dio lugar el suceso que dio nombre al arroyo.
Las tropas cristianas habían tomado la ciudad, y sus oscuras y retorcidas calles eran un constante ir y venir de jinetes que a modo de patrulla vigilaban cada casa, ventana, azotea, rincón; con el fin de evitar cualquier rebelión de los vencidos musulmanes. Un caballero cristiano, Rodrigo de Lara, se enamoró de una joven musulmana, la cual se llamaba Zahira. Poco a poco se enamoraron. Ella se planteó convertirse al cristianismo para poder casarse con él. Su familia no le perdonaría su conversión y la voluntad cruel de su padre la podrían llevar a la muerte. Por ello planearon una huída de la ciudad hacia el castillo más próximo donde les esperaba un sacerdote que, tras bautizarla uniría a los jóvenes en santo matrimonio. En el camino romano fueron sorprendidos por dos rufianes árabes, dedicados al acecho de los viandantes, que creyendo que la bella musulmana era cautiva entraron en encarnizada lucha con Rodrigo, que precipitándose por los peñascales del arroyo intento huir de sus perseguidores. uno de ellos alcanzó con su afilado sable el cuello de la doncella, que cayó moribunda a los pies del caballo. El joven cristiano arremetió contra sus agresores y tras matar a uno de ellos, el segundo huyó.
Rodrigo miró a su amada. Su sangre se vertía sobre el pequeño arroyo y al ver que aún vivía, le vertió agua sobre su cabeza quedando así bautizada. Desconsolado gritó pidiendo socorro a la guardia que se apostaba en la Torre del Fierro, situada en la orilla opuesta del Tajo, que llegaron en una barca en la que trasladaron el cadáver. Al día siguiente, después de la misa, se le dio cristiana sepultura.
Rodrigo de Lara recibía los santos hábitos en el monasterio cluniacense de San Servando, el cual todos los días al atardecer, con el permiso de sus superiores, iba a orar al mismo lugar donde aconteció la desgracia.


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